martes, enero 10, 2006

EDITORIAL (1999)

En este número de La Ronda del Libro vuelven a coincidir, una vez más, el maestro Borges y nuestro querido y admirado Fernando Quiñones. Un encuentro más, que podría sumarse a los otros muchos encuentros, literarios y personales, que los dos tuvieron a lo largo de sus vidas. Jorge Luis Borges es recordado en estas páginas con motivo del centenario de su nacimiento. Y Fernando Quiñones, que fue colaborador de La Ronda desde su primer número, no podía faltar a una nueva cita, esta vez póstuma, con sus lectores geográfica y sentimentalmente más próximos. Pensamos que a ambos les hubiera hecho sonreír la coincidencia.

Quiñones, que tenía vuelo, imaginación y talento para haber seguido cualquier camino literario que se hubiera propuesto, optó desde sus comienzos por tener bien presente el ejemplo del maestro argentino, por tomarlo incluso como modelo y mentor explícito. Siempre se mostró orgulloso de que unos relatos suyos merecieran la atención y el elogio de Borges cuando éste fue jurado del prestigioso premio de narrativa que otorga el diario bonaerense La Nación, tal como el mismo Borges rememora en la página que escribió para prologar el libro de relatos del gaditano El viejo país (1978), y que el lector curioso puede encontrar al frente de Con el viento Sur, asequible antología de la narrativa breve de Fernando Quiñones.

Cualquiera que haya frecuentado la obra de Quiñones sabe, no obstante, que la admiración que el gaditano sentía por Borges no se tradujo nunca en una imitación servil. Hay coincidencias, qué duda cabe, entre muchos poemas y pasajes de la serie Crónicas, de Quiñones, y algunos temas característicos de la poesía borgiana: el tiempo, la identidad última de todos los hombres y la irreductible diversidad de cada uno, la importancia concedida a la erudición y a la Historia como fondo imaginario compartido por el poeta y sus lectores... Pero la poesía de Quiñones tiene aliento propio, bebe de otras fuentes (Ezra Pound y Archibald McLeish, por ejemplo) y se estructura de una manera bien distinta a la del autor de Fervor de Buenos Aires. También en La canción del pirata pueden verse rasgos del peculiar universo imaginativo de Borges (el cuchillo y su simbología, por ejemplo), pero dentro de una trama novelesca bien ajena al mundo del argentino (que, por otra parte, nunca abordó la novela) y arraigada, del modo en que sólo Quiñones sabía hacerlo, en una mezcla muy personal de mundo propio e Historia.

Coincidentes o no, ambos dialogan en el universo imaginario de la literatura y, de alguna manera, en las páginas efímeras de este periódico.