martes, enero 31, 2006

ÍNDICE Y ACCESO A TEXTOS



Editan: Fundación Municipal de Cultura de Cádiz - Agrupación Profesional de Empresarios de Librerías - Delegación Provincial de Cultura de la Junta de Andalucía

Coordina: José Manuel Benítez Ariza

Diseño: números 1-4: Idea 2; números 5-8: José Luis Tirado


ANTOLOGÍA DE TEXTOS

Nº 1. Abril 1997
Editorial

Nº 2. Abril 1998
Editorial
Diez aforismos de Fernando Quiñones

Nº 3. Abril 1999
Editorial
Del homenaje a José Luis Cano

Nº 4. Mayo 2000
Editorial

Nº 5. Mayo 2001
Manuel Ruiz Torres: Veinticinco años de paz sin Jaramago (aproximadamente)

Nº 6. Mayo 2002
Editorial
Javier Molina: Ex-Libris
Fernando Ortiz: Homenajes a poetas
José Mateos: Nuevas divinanzas

Nº 7. Mayo 2003
Pablo García Baena: Fernando (sobre Fernando Quiñones)
Mª Ángeles Robles: El mirón piadoso (sobre Marco Denevi)
Mª Jesús Ruiz Fernández: Tradición, lujo y melancolía: los Gozos para la Navidad de Pablo García Baena
José Luis García Martín: Desprecio y maravilla (sobre Rafael Alberti)
Fernando Iwasaki: El mudo tiene la palabra (sobre Julio Ramón Ribeyro)

Nº 8. Mayo 2004
Editorial
Hipólito G. Navarro: Poner precio a la nada (cuento)

MARÍA JESÚS RUIZ SOBRE PABLO GARCÍA BAENA

TRADICIÓN, LUJO Y MELANCOLÍA.
LOS GOZOS PARA LA NAVIDAD DE PABLO GARCÍA BAENA


Entre 1974 y 1983 y coincidiendo con los días navideños, el poeta Vicente Núñez, apartado de la confusa vocería en su Aguilar natal, fue recibiendo de Pablo García Baena, dulce amigo desde los tiempos de Cántico, poemas y canciones de tema pascual en los que el remitente, acaso procurando mitigar la melancolía del destinatario, iba destilando su propia melancolía. Estos diez “juguetes navideños” –así llamados por el propio García Baena- fueron publicados por Hiperión en 1984 bajo el título de Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, en una preciosa edición que, por riguroso orden cronológico, se abre con el primer envío, “Ensaladilla de Navidad” (1974) y se cierra con el último, “Antiguo muchacho” (1983). Uno y otro, en efecto, marcan los hitos de esta experiencia sentimental transmutada en decir poético: la “Ensaladilla” se arma sobre el gusto por el verso tradicional y concentra el conocimiento del poeta de la canción áurea, tal y como sucedía en sus primeros libros (Rumor oculto y Mientras cantan los pájaros); los alejandrinos de Antiguo muchacho, por su parte, son prolongadas lágrimas que, al hilo de la vida, vuelven por la emocionada evocación de la infancia del libro de madurez del mismo título, aquel que junto con Junio y Óleo había representado, en los cincuenta, el inicio del silencio.


La tradición, un manso ruido

Los Gozos, como avisa su título, son, antes que nada, canciones: “unos motetes –dice García Baena- que se cantan o se cantaban en las iglesias durante los octavarios al Niño recién nacido, dentro de la especial liturgia andaluza del Nacimiento”. De ahí que su cabal lectura sólo sea posible desde el entendimiento de lo que hay de música, del sur y de lo popular tras cada verso.
El placer evidente del poeta por romances, romancillos, seguidillas y rimas imperfectas (como a la asonancia llaman los “cultos”) data de su primer contacto con la poesía y, más allá, de su infancia cordobesa. Los de Cántico no estuvieron precisamente a la moda cuando, descartando el realismo social y la espiritualidad agónica, encontraron su canción en la sensualidad y en una religiosidad esteticista y bienhechora, a caballo entre el artificio del Barroco y la expresión popular y candorosa de lo trascendente. De este modo, la “Ensaladilla de Navidad”, las “Cautelas de José”, la “Villanesca” o la “Nana de los niños cordobeses” recuperan el esmero de los poetas del siglo XVII por la elaboración del poema como objeto de deleite, como canción que se enraíza en la melodía esencial del pueblo pero que, descartando lo vulgar, alcanza un elevado nivel de preciosismo.

La vocación musical de los textos es aún más explicable –como decía- si consideramos a García Baena como un eslabón más en la cadena de los poetas del sur, la que arranca con Góngora y prosigue con los modernistas, y se enfrenta siempre, desde el folclore y la sensualidad, a la sobriedad y la aspereza de la obra de los castellanos.
Pudiera pensarse, por todo esto, que únicamente la intuición lleva al cordobés a sumarse a este modo de expresión poética. Ni por asomo. Cada gozo es, además, una revelación del conocimiento profundo de García Baena de la tradición. Es regocijante, en este sentido, el “Espiritual negro”, recreación de los villancicos de negros que –obsequio de la esclavitud- dieron color vivísimo y tropical perfume a la vieja Navidad castellana. Y emocionan los endecasílabos gallego-portugueses de la “Gaita galega”, homenaje al poeta del mar de Vigo, Martín Códax, como homenaje fueron los versos “de gaita” de otro poeta del sur, Rubén Darío, a otro gallego, Valle-Inclán.

El lujo de la aldea

Enviados a la aldea de Vicente Núñez, los Gozos llevan aires de aldea, “universo de pueblo”. Se paladean porque el poeta se instaura en ese menosprecio de corte tan caro al desengaño humanista del Siglo de Oro. La loa de lo rústico, añoranza de la Edad de Oro, plena fe en que sólo el apartamiento y la concordia con la naturaleza proporcionan el lujo de la felicidad. A este mundo dulcísimo hace bajar García Baena a gañanes, pastores y hortelanos, a los Reyes de Oriente y a la propia Sagrada Familia, para que San José y María conversen sobre la mejor forma de abrigar al Niño y para que el Niño, recién llegado al albergue de las Soledades, se alimente de la leche materna en “níveo pórfido cuenco”.

Hay una esencial comprensión de la teología del sur, la que inevitablemente expresa la pasión mediante la carne. Por eso, aquí, humanizar es sacralizar, y comprender visualizar lo invisible. Por eso el poeta acude al pintor. En “La cocina de los ángeles”, lienzo de Murillo, conviven hombres, santos y serafines, en la ajetreada tarea de preparar viandas celestes y terrenales a un tiempo. El gozo del mismo título pone en movimiento la escena barroca (“¡Qué ir y venir esta Noche / por las cocinas del cielo!) y, más allá de la palabra, descubre el olfato y el paladar de la Navidad andaluza, y sobre todo de la Navidad infantil, la del punto de nieve, la de los torreznos, buñuelos, mostachones y alojas de caramelo.

Otro imaginero de lo celestial, Salcillo, recibe honores en la “Tarantela napolitana”, un Belén rústico poblado y animado por los arrieros de Totana y los huertanos. Cumple García Baena, de nuevo, con su memoria tradicional y lleva al verso cantable las figuras que moldeara el murciano. De intensa vocación mediterránea, la “Tarantela” explica esa particular percepción de los misterios divinos por la vía de la humanización.

Y la melancolía

En sus envíos navideños, la melancolía se va apoderando del remitente. Entre santos y pastores se cuelan las niñas de Aguilar que juegan “a la chiribomba”, familiares antiguos, nanas y niños cordobeses, el Guadalquivir... La tradición, ahora sí, se apodera del canto por la vía intuitiva, y evoca los romances que un día fueron la propia Navidad infantil (Madre, a la puerta hay un niño, La Virgen y el ciego). Los ángeles de la cocina, más que símbolos de la belleza, arquetipos de lo eterno para el poeta, son los angelitos de las cuatro esquinas de la cama, la plegaria salvadora para el niño perplejo.

“Antiguo muchacho”, el último gozo, ya no es un juguete para el amigo, sino un lamento a dos (el que canta y el que oye). Melancolía de la lucidez antigua, la que nos permitía ver a los Reyes Magos, del pecado esencial de paladear dulces prohibidos. Y sed de naranjas.

María Jesús Ruiz Fernández
La Ronda del Libro, 2003

jueves, enero 19, 2006

JOSÉ MATEOS: NUEVAS DIVINANZAS

NUEVAS DIVINANZAS


PARA el desesperado lo peor del tiempo es que sólo le sirve para esperar.


CÁLCULO MORAL PARA JOB.- Si la felicidad de la que uno disfruta a lo largo de una vida, dependiera de la felicidad que uno fue capaz de dar a los demás, al final –qué duda cabe- casi todos habríamos recibido más, mucho más, de lo que merecemos.


UNA VIÑETA.- Al pasar junto a la desgracia ajena ¡qué bien razona nuestro egoísmo!


EL ESCLAVO.- En el momento en que uno pone, por encima de cualquier principio o de cualquier sueño, su miedo a morir, la mentira se convierte en la única manera de seguir vivo.


LO PROFANO.- Cuando ya no existen misterios, todo son problemas.


UN CUENTO INFANTIL.- En lo más hondo del bosque, de pronto, qué espeluznante la vocecita impostada del miedo al susurrarnos desde dentro de un árbol destrozado y hueco que, para no sentir miedo de nada, lo más fácil sería no amar nunca, de esta vida, nada.


NO temas, alma, no temas, que todo lo que persigue el tiempo es acabar con el tiempo.


SIN quererlo, al morirse le da uno muerte a su propia muerte.


NELL’ ETTERNO DOLORE.- Todo pecado lleva siempre, en sí mismo, su propio castigo: el de hacernos desear pecar otra vez, sin fin, sin saciedad, hasta la muerte. Y según Dante, incluso más allá de la muerte.


MUCHOS secretos están tan bien guardados porque no hay nadie que los quiera escuchar.


LAS BELLAS LETRAS.- Una prosa excelente para decir lo mejor posible... nada.


POÉTICA TEOLÓGICA.- La música, la poesía, todo eso que despierta esa desconsolada y plena emoción que denominamos belleza, es lo más cerca que el hombre puede estar de Dios sin dejar de estar en el mundo.


EN la adolescencia, en la juventud, hay enfermedades, largas enfermedades que nos curan.


LA mirada de un muerto, esa mirada fija ¿en qué?


LA CONSUMACIÓN DE LOS TIEMPOS.- Un día los muertos serán tantos, sumaremos, entre todos, tantos, que ya no habrá sitio para los vivos en el universo.


EL MEMORIOSO.- Cada mañana le dice al hastío: Todos tus días tienen ya muchos años.


UN CÁNTICO.- Hay que dar gracias sin saber muy bien por qué ni a Quién. Pero darlas.


METAMORFOSIS.- Ovidio nos lo sugirió: en este mundo, aquello que deseamos, cuando al fin le damos alcance, siempre se convierte en otra cosa.


TAMBIÉN hay islas que solamente existen porque nos pasamos la vida buscándolas.


QUÉ trágica paradoja la de aquel que ama tanto, tanto la vida, que no le basta la vida.


LO INVISIBLE es... tan evidente.

José Mateos
La Ronda del Libro, mayo 2002

FERNANDO QUIÑONES POR PABLO GARCÍA BAENA

FERNANDO

De aquellas crónicas y lecturas y prólogos, de aquellas carnazas cabareteras del "San Juan", del "Pájaro Azul", del "Pay-Pay", de aquellos cantes de los celos y el hambre y "el buitre que llegó hasta el monumento", de las acedías y el cazón y la mojarra en sus cajones de hielo y ácidos, salía Fernando acendrado en pícaro espiritualísimo, en ingenioso hidalgo de la Caleta, la mirada con la chispa de la ironía conociente y sabia, bigote y barbilla, cuando los tenía, más cerca del Callejón de los Piratas que de la Real Academia. Se alzaba en su sede de "La Casa Dorada" y era todavía aquel niño que conociste con la tinta de los marianistas en los dedos y los callos de las maromas embreadas, sabiendo del veneno de los ostiones en los esqueletos de las lanchas y del veneno podrido de la explotación y la miseria.

Ahora, cuando se te atropellan las palabras para siluetearlo vivo y emocionante, tal como era, inocente y pillo, y se agolpan los recuerdos –cuánta vida suya en tantos encuentros siempre fugaces- y lo pones aquí cerca, en la fotografía con los amigos de "platero" en banco de azulejos sevillanos, donde posa cesáreo como si ya supiera de su medio destino, de su medio corazón itálico. O en este otro retrato de una edición reciente, con fondo de mar de Cádiz extrañamente fosco, en el que parecen naufragar las barquillas de Lope, y lejanía del faro de "Las Puercas", indicativo y agorero. Definitivamente el cordón al cuello con el avalorio enigmático, el amuleto de la suerte o la muerte.

Qué cálida siempre en la amistad tu mano y qué pequeño Cádiz acunado en tus brazos. Cádiz, como en la cita de Donne que tú rescataste , "yo soy la ciudad misma que debo abandonar para salvarme". ¿Salvación sin Cádiz? Camarones vivos saltando junto al ladrillo visto de Correos, como destinados a la jira campestre, al picnic de la Sagrada Cena que pinta Goya para los disciplinantes de la Santa Cueva. Y el panteón de la libertad en San Felipe Neri con las lápidas manchadas por herrumbres de gloria. Aquí te traigo el pan dulce de Cádiz, el zócalo de los armenios, la última agonía de Aurelio en el Bernardo del Carpio. Sierpe de mojama en "La Pila vieja" para salar la brasa de la manzanilla. Qué suave, leve peso el de la ciudad de Hércules al oleaje de tu palabra respirante de branquias, a la marejada de cinturas gaditanae, caderas largas de Telethusa, de Hortensia, de Manolita la Verde.

¿Y Córdoba? Reciente, del año 97 es la recopilación que Fernando hace de Los poemas de Córdoba; ahí declara que "uno la estrenó, chaval, en el 50 y la galopó días y noches". Avisaba su llegada, al teléfono una copla de las murgas o "La Lirio", o la hondura de cañaduz de Curro Dulce. Era la alegría imprevista, la lasitud de la fiesta irrumpiendo en días de horarios maquinales, un cante de ida y vuelta.

De aquel desembarco de la poesía gaditana en la Huerta de los Arcos en el 50 ya escribieron sus protagonistas, Pilar Paz Pasamar, José Manuel Caballero Bonald, Juan Valencia, el mismo Fernando. Huerta de los Arcos, scherezada de la serranía cordobesa que deslíe su arabesco romántico en la Noche en los jardines de España de Falla, el anacoreta del Atlántico. Y de esos días y noches, a veces en el pleno delirio de los concursos de flamenco, con Fernando Terremoto rompiendo de amargura las arañas de gas del Liceo o el amanecer en Los Califas, con la hiel de la tierra en la queja lívida de Mairena colmando la guitarra de Morao. Noches de piqueras conventuales en las tabernas, de velas ardiendo ante el San Rafael del puente, de sombras de burdel en calles que terminaban en raíles de trenes. Alumbradas por las bombillas rojas de la diversión pobre y la carne triste.

Y una tarde, debía ser abril por el estreno claro del aire –"un azar de azahares se aventura"- Fernando nos convoca a Miguel del Moral y a mí a recogerlo en la fonda "La Peninsular", cercana a la librería Luque. Sabíamos a Fernando casado con una italiana. Curiosidad y recelo, como de familia no consultada, nos hacen subir rápidos la escalera hasta la habitación escueta. Allí en la cama la dogaresa entresueña el enlace del condotiero de Chiclana, los hermosos brazos desnudos sobre las sábanas en un carrara palpitante, tal las diosas color miel en los frescos del "Novelty".
Salimos en coche de caballos por los barrios. Fernando, de pie, recitaba o cantaba con el asombro de aceras y paseantes y los niños detrás corriendo y gritándonos como si fuéramos cómicos. A la tarde nos fuimos serenando con el vino del "capitán" en el patio de Pedro Ruiz, allá por Puerta Nueva. Se olían los jazmines.

Las imágenes vuelven y te hablan. Cuánta vida fue tuya. Ahora veo a Fernando en aquella noche, en aquel patio y en otro patio, alzándose

A la luna le pido,
la del alto cielo...

Pablo García Baena
Publicado en La Ronda del Libro, mayo 2003

martes, enero 10, 2006

EDITORIAL (2000)

Posiblemente la tarea del lector tendría pocos alicientes si éste se limitara a transitar senderos trillados. Si éste, digamos, se atuviera al material validado por los manuales y las antologías al uso, al catálogo oficial u oficioso de clásicos y maestros, a los nombres indiscutibles. Lo que equivaldría a aprenderse la lección recibida y a unirse al coro de quienes la recitan sin errar una sílaba... Por suerte, la literatura brinda a sus lectores otras posibilidades, y entre ellas está la de rastrear aquellos senderos que el tiempo o la moda han ido dejando en desuso, con el objeto de encontrar en ellos agradables sorpresas, tesoros que el apresuramiento de otros ha ido dejando a un lado, nombres y páginas que merecen una lectura atenta que los salve, siquiera sea momentáneamente, del largo olvido.

El azar ha querido que este número de La Ronda del Libro sea, a su modo, un repaso a todas las formas que la gloria literaria adquiere para la posteridad. Desde el olvido, que amenaza la memoria de algunos, hasta esa clase de fama que excede, con mucho, los límites estrictos de la literatura y apela a los escurridizos motivos que convierten a determinado escritor en figura histórica o en ejemplo cívico. Existe también una clase de gloria literaria que, sin embargo, atenta contra el fundamento mismo en el que dicha gloria habría de estar basada. Me refiero a la de los precursores e innovadores cuya importancia muchos conocen de oídas, pero que rara vez se han leído con el debido detenimiento. ¿Cuántos conocen de Gómez de la Serna algo más que un puñado de greguerías? ¿Cuántos conocen a un Alberti distinto al de Marinero en tierra o al de las lecturas públicas de la época de la Transición? ¿Cuántos, en fin, están dispuestos a concederle al llorado Fernando Quiñones un íntimo homenaje consistente en una lectura atenta de sus mejores poemas y relatos, de su Canción del pirata y sus artículos?

Mucho nos tememos que las semblanzas que este número incluye sobre algunos de los autores mencionados contribuyan a la comodidad de ese lector perezoso que rehúye acudir directamente a los libros. También es posible que suceda al revés, y que artículos como el que cierra esta entrega, dedicado a Francisco Brines con motivo de la concesión a éste del Premio Nacional de Poesía, nos abran ese apetito constante sin el que no se concibe al lector.

EDITORIAL (1999)

En este número de La Ronda del Libro vuelven a coincidir, una vez más, el maestro Borges y nuestro querido y admirado Fernando Quiñones. Un encuentro más, que podría sumarse a los otros muchos encuentros, literarios y personales, que los dos tuvieron a lo largo de sus vidas. Jorge Luis Borges es recordado en estas páginas con motivo del centenario de su nacimiento. Y Fernando Quiñones, que fue colaborador de La Ronda desde su primer número, no podía faltar a una nueva cita, esta vez póstuma, con sus lectores geográfica y sentimentalmente más próximos. Pensamos que a ambos les hubiera hecho sonreír la coincidencia.

Quiñones, que tenía vuelo, imaginación y talento para haber seguido cualquier camino literario que se hubiera propuesto, optó desde sus comienzos por tener bien presente el ejemplo del maestro argentino, por tomarlo incluso como modelo y mentor explícito. Siempre se mostró orgulloso de que unos relatos suyos merecieran la atención y el elogio de Borges cuando éste fue jurado del prestigioso premio de narrativa que otorga el diario bonaerense La Nación, tal como el mismo Borges rememora en la página que escribió para prologar el libro de relatos del gaditano El viejo país (1978), y que el lector curioso puede encontrar al frente de Con el viento Sur, asequible antología de la narrativa breve de Fernando Quiñones.

Cualquiera que haya frecuentado la obra de Quiñones sabe, no obstante, que la admiración que el gaditano sentía por Borges no se tradujo nunca en una imitación servil. Hay coincidencias, qué duda cabe, entre muchos poemas y pasajes de la serie Crónicas, de Quiñones, y algunos temas característicos de la poesía borgiana: el tiempo, la identidad última de todos los hombres y la irreductible diversidad de cada uno, la importancia concedida a la erudición y a la Historia como fondo imaginario compartido por el poeta y sus lectores... Pero la poesía de Quiñones tiene aliento propio, bebe de otras fuentes (Ezra Pound y Archibald McLeish, por ejemplo) y se estructura de una manera bien distinta a la del autor de Fervor de Buenos Aires. También en La canción del pirata pueden verse rasgos del peculiar universo imaginativo de Borges (el cuchillo y su simbología, por ejemplo), pero dentro de una trama novelesca bien ajena al mundo del argentino (que, por otra parte, nunca abordó la novela) y arraigada, del modo en que sólo Quiñones sabía hacerlo, en una mezcla muy personal de mundo propio e Historia.

Coincidentes o no, ambos dialogan en el universo imaginario de la literatura y, de alguna manera, en las páginas efímeras de este periódico.

DIEZ AFORISMOS DE FERNANDO QUIÑONES (1998)



DIEZ AFORISMOS


Cualquiera se cree dueño de una vida como para escribir una novela, y muchas veces tienen razón. Lo malo es cuando se ponen a escribirla.


Nos llevamos a la cama el libro que nos entusiasma, como a la mujer que nos entusiasma.


Tout aboutit a un livre, asentó Mallarmé. Lo atractivo de la frase es el ambiguo pero claro significado del verbo, que yo prefiero traducir heterodoxamente: Todo desemboca en un libro.


El libro es el primer y clarísimo caso de clonación cultural.


Mala enseñanza es la lectura impuesta, como lo serían el amor o la alegría impuestos.


No puede ser cierto que en cualquier libro, por malo que sea, siempre puede darse con algo bueno.


El silencio y la quietud de un libro, que luego entre nuestras manos empieza a latir y a vivir, es uno de los mayores -o el mayor- misterio del libro y de la lectura.


Allá a los ocho o nueve años, griposo y encamado en mi casa de la calle San Francisco, el conocimiento del amor, del amor de y a la novela, con Colmillo Blanco, de Jack London.


Mi devoción por Borges no excluye mis disensiones con él, y él lo sabía. Por ejemplo, mi desamor por La Divina Comedia, que Borges amaba tanto.


Escritor: qué hermosa vocación y qué fea profesión.

Fernando Quiñones

DEL HOMENAJE A JOSÉ LUIS CANO (1999)

JOSÉ LUIS CANO: EL CRÍTICO COMO DETECTIVE

El "misterio Guiomar" -el de la identidad de la mujer a la que Machado dedicó los poemas amorosos de sus últimos años- trajo de cabeza a críticos y lectores de Machado durante años. Concha Espina aprovechó toda la potencialidad novelesca del romance en su libro De Antonio Machado a su grande y secreto amor (1950), en el que publicó parte del epistolario entre Machado y Guiomar e introdujo algunos datos ficticios en la historia: por ejemplo, la muerte de la amada. Hubo quien aceptó la historia narrada y documentada por Concha Espina, hubo quien negó la existencia de "Guiomar", hubo quien mantuvo un discreto escepticismo durante años... El misterio no se aclaró definitivamente hasta 1980, con la publicación de Sí, soy Guiomar. Memorias de mi vida, en el que la madrileña Pilar Valderrama confesaba haber sido aquella elusiva amada que iluminó la madurez del poeta sevillano. Era, en parte, un secreto a voces. Un secreto que José Luis Cano, entre otros, había venido intuyendo en sus escritos sobre Machado desde 1950. El artículo aquí reproducido, publicado en el nº 74 de la revista Poesía española (Madrid, febrero, 1959) es un buen ejemplo de los argumentos en que apoyaba su intuición, y que luego pasarían a engrosar sus ensayos sobre Machado, incluidos en libros como Poesía española del siglo XX: de Unamuno a Blas de Otero (1960). El tiempo dio la razón a Cano, y acabó redondeando la leyenda machadiana con un hermoso epílogo, definitivamente cerrado cuando, en 1994, se publicó el epistolario completo de Machado a Pilar Valderrama.

EDITORIAL (1998)

ANIVERSARIOS

A la gente le gusta jugar con las cifras redondas. Los aniversarios son eso: un juego propiciado por el sistema decimal que rige nuestra manera de medir el tiempo. Celebramos los cien días de un gobierno, el primer aniversario de un periódico, los diez primeros años de vigencia de una constitución, los veinticinco primeros años de un matrimonio, el cincuentenario de una guerra, el centenario del nacimiento o la muerte de un personaje ilustre... Los aniversarios son azarosos. No se celebran porque el hecho al que se refieren vuelva a cobrar relevancia o coincida con alguna precocupación o urgencia del momento. Más bien sucede lo contrario: se celebran cuando ya a casi nadie le importa el pretexto de la celebración, o sirven para avivar artificialmente, durante unas cuantas semanas o meses, el interés perdido por cualquier acontecimiento remoto, por cualquier figura olvidada.

A mí se me antoja que debiéramos haber conmemorado el centenario de la crisis de 1898 hace, pongamos, veinte años, cuando las primeras leyes de la flamante democracia buscaban redefinir, a su modo, eso que los noventayochistas llamaron, doloridamente, "el ser de España". Se me ocurre también que Federico García Lorca y Vicente Aleixandre tendrían que haber sido leídos más a fondo hace años, cuando las influencias superficiales de uno u otro amenazaban con arruinar el paladar poético de toda una generación de lectores. Hoy, en este año en el que se cumplen cien del nacimiento de ambos, me da la impresión de que a ninguno de los dos se les lee demasiado: a Aleixandre, casi nada; y a Lorca, de una manera distinta, buscando en él indicios de ese prodigioso poeta meditativo y elegíaco que anunciaban algunos versos de Poeta en Nueva York, Diván del Tamarit o Sonetos del amor oscuro.

Los aniversarios pueden ser también paradójicos (¿qué hacemos celebrando el segundo centenario de la muerte de Casanova en esta época de corrección política, puritanismo y SIDA?) o discretos. Recuerdo ahora dos de este segundo tipo. Se cumple, en este 1998 tan lleno de efemérides, el centenario del nacimiento del escritor británico C.S. Lewis, sensato ensayista y brillante autor de cuentos infantiles y curiosas novelas de corte chestertoniano que rozan la ciencia ficción antes de que ésta se hubiese inventado. Muchos lo conocerán por la película Tierras de penumbra, donde un Anthony Hopkins al que todavía no habíamos olvidado en su papel de asesino psicópata en El silencio de los corderos encarnaba la figura cordial y discreta de este escritor que merece la pena redescubrir. Y también se cumple, en este año de coincidencias, el cincuentenario de la muerte de Benjamín Jarnés, otro personaje entrañable de la penumbra literaria, al que muy pocos deben leer ahora. En 1948 el editor José Janés publicaba el que sería su primer y creo que último libro en España tras el exilio: el Libro de Esther, un hermoso dietario que, si no me equivoco, sólo está al alcance de los curiosos que fisgan en esos cementerios de escritores olvidados que son las librerías de viejo.

Permítaseme dedicar este segundo número de La Ronda del Libro a estos dos escritores de los que no se acordará ningún suplemento literario, a los que ningún canal de televisión dedicará un especial, en los que nadie encontrará pretexto para una controversia. Puestos a celebrar, limitémonos a celebrar esa modesta feria de cumpleaños de la literatura que viene a ser cada Feria del Libro. Y hagámoslo, como corresponde, regalándonos uno.

EDITORIAL (1997)

A los que hacemos La ronda del libro nos gustaría que los lectores que nuestra publicación pueda tener pensaran en ella como en un periódico, y no una revista; que no vieran en ella, al menos, ese objeto tipográficamente lujoso y generalmente caro que suelen ser todas las revistas literarias. Éstas tienen su razón de ser, que nadie discute. Algunas tienen algo de periódico quintaesenciado, con voluntad de perdurar. Otras son, más bien, libros misceláneos y caprichosos, que mezclan un poco de todo y, se supone, ofrecen muestras anticipadas de lo que acabará apareciendo en otros libros. El lector de revistas literarias suele sentirse un tanto cohibido por la delicadeza y la finura con que están editadas, por el prestigio de las firmas, por el realce tipográfico que acompaña a los textos, y forzosamente acaba convirtiéndose en coleccionista de las mismas, por más que sus formatos desacostumbrados le den todo tipo de quebraderos de cabeza a la hora de encontrarles un sitio entre los demás libros... Todo esto, claro está, lo decimos un poco en broma, aunque reafirmándonos en nuestro deseo de ser periódico, y no revista. Periódico literario, con su página de creación (poesía, narrativa), preferentemente dedicada a autores inéditos, pero con la mayor parte de su extensión dedicada a viejos y acreditados productos de la artesanía periodística que, por diversos caminos, también han acabado siendo literatura: el artículo, la reseña, la entrevista. Sobre todo, el artículo, ese género por el que, de manera discreta, inadvertida, puede que transcurra lo mejor de la literatura española del siglo que se acaba. Por los mismos motivos, las ilustraciones son, como no podía ser menos en un periódico, fotografías en blanco y negro.

Y acabamos. El lector que nos hojee en la Feria del Libro, o en cualquier otro lugar, no está obligado a ponernos piso en los acogedores estantes de su biblioteca. Nuestro destino, y nuestra voluntad, es ser olvidados en un banco de una plaza, en un café, en un asiento de autobús. Como cualquier periódico. Y que el lector, alguna vez, se acuerde vagamente de nosotros y diga: "No sé dónde leí una vez que..."

sábado, diciembre 31, 2005

JAVIER MOLINA: "EX-LIBRIS"



De la amplia muestra de la obra de Javier Molina (Cádiz, 1961) expuesta en el Museo de Cádiz en 1999 hay dos rasgos que no habrá olvidado siquiera el más desmemoriado de los espectadores. Primero, el juego de los títulos, muchos de los cuales proporcionaban una clave mitológica ("Dánae", "Tántalo") al escueto motivo plástico ofrecido al espectador; y, luego, como heridas luminosas fijadas al fondo de la retina, los colores intensos de aquellos óleos que atraían nuestra atención a esos extremos de la realidad que, bien mirados, se muestran tan ambiguos y enigmáticos como cualquier "abstracción" que se presente como tal. Aquella escalera, aquella calle reducidas a enérgicas manchas de color eran una invitación a mirar lo inmediato de otra manera, como portador de una expresividad que frecuentemente nos es negada por su propia inmediatez.

Mitología (eso sí, literaria, en homenaje explícito a la materia a la que se dedican estas páginas) e intensidad vuelven a estar presentes en los "ex-libris" que ilustran esta entrega de La Ronda del Libro. A sus lectores invitamos a imaginar las quiméricas bibliotecas a las que cada uno de ellos asigna un no menos quimérico dueño.


(Ilustración de Javier Molina para La Ronda del Libro, mayo 2002)

jueves, diciembre 29, 2005

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN SOBRE ALBERTI

DESPRECIO Y MARAVILLA

En el centenario de Alberti

En diciembre de 1932, María Teresa León y Rafael Alberti se encontraban en Berlín pensionados por la Junta de Ampliación de Estudios. Dos trazos vigorosos le bastan al poeta para dejarnos la imagen de aquella ciudad en blanco y negro: "El hambre y la desocupación andaban por las calles, cruzadas de las escuadras nazis, que pateaban las aceras, salpicando de agua de los charcos a los aterrados transeúntes. Hitler se disponía, como en un gran guiñol, a instalar sus absurdos bigotes y brazos gesticulantes tras las llamas y el humo del incendio del Reichstag".
Del fondo de la noche, huyen los dos jóvenes amantes al centro de la luz: la Unión Soviética. Luz se llamaba precisamente el nuevo diario republicano en el que, a lo largo de 1933, fue publicando Rafael Alberti la crónica deslumbrada de aquel viaje. Leemos hoy esas páginas, que pretendían ser exaltadamente documentales, como un cuento de hadas: campesinos y soldados, intelectuales y obreros, se dan la mano y cantan, como en un musical de chillones colorines, la gloria de vivir en la patria de Stalin, paraíso en la tierra donde los que ayer no eran nada hoy lo son todo.

Patria feliz: los escritores ven sus libros en todas las manos, tienen un palacio a su disposición, sonríen compasivos al enterarse de cómo malviven los poetas españoles. Patria feliz: la Unión Soviética es el único país que ha resuelto cualquier problema, incluido el sexual, otorgando la máxima libertad a la mujer y al hombre. Patria feliz: los obreros son dueños de las fábricas, y por eso no les importa trabajar diez, quince o veinte horas diarias.
Eso creía Alberti en 1933, y probablemente era sincero. Pero lo mismo seguía creyendo en 1953, cuando muere Stalin, o en 1965 cuando viaja a Moscú a recoger el premio Lenin de la Paz. ¿Con la misma sinceridad? Aparentemente con la misma fe ciega. Algunos de sus mejores amigos, muchos de los camaradas soviéticos que habían luchado junto a él, codo con codo, en la guerra civil –como el periodista Mijail Koltsov– habían desaparecido en las fauces insaciables del gulag. Nunca pareció importarle. .
El enigma de Alberti, cantor de la libertad, juglar de asesinos, resulta semejante al enigma de Heidegger, nazi de corazón, pensador que ayudó al hombre –ser para la muerte– a orientarse en la selva negra del tiempo y de la nada.
Abrimos, en estos días del centenario, El poeta en la calle, toda la obra civil del escritor reunida por Aitana Alberti en un volumen de 1978. Comenzamos a leer con escepticismo: ¿qué interés pueden tener hoy los versos viajeros y propagandísticos de La primavera de los pueblos, los elogios a la Polonia de 1955, a la Alemania del Este, a la Rumanía de Ceaucescu, a la China de Mao? ¿No nos sonará a sangrienta burla el cascabeleo rutilante de las metáforas?
Pero abrimos por cualquier página el grueso volumen, verso y prosa, poesía y teatro, y no tardamos en quedar deslumbrados. Alberti tuvo el don de decir con verdad la belleza, el don inagotable de la gracia: las palabras estaban siempre a sus órdenes, núbiles, olorosas, recién creadas.
Heidegger admiraba las manos de Hitler; Alberti, la bondad de Stalin. En un mundo de asesinos y canallas, más de una vez el filósofo y el poeta compartieron el pan con los asesinos y los canallas. Y nunca se arrepintieron, y nunca sintieron la necesidad de buscar excusas para su comportamiento.
En 1932, en el tren que lo llevaba de Berlín a Moscú, Alberti creía escapar del fondo de la noche para llegar al centro de la luz, pero sólo iba hacia otra oscuridad quizá más siniestra. El centro de la luz estaba sólo en sus versos: "París, por tus tranquilas / chimeneas que exaltan un cielo sin motores, / se me angustian las venas subiendo a mis pupilas / caras desenterradas, / uñas que entrechocando con la muerte, rabiosas, / buscan bajo las íntimas viviendas desventradas / los familiares restos difuntos de las cosas".
El hombre Alberti fue a veces ángel de tinieblas. El poeta, incluso cuando vendía manzanas podridas, era un ser luminoso, un rey Midas que todo lo que tocaba lo convertía en ocasión de felicidad.

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Publicado en La Ronda del Libro, mayo de 2003

MANUEL J. RUIZ TORRES SOBRE "JARAMAGO"

25 AÑOS DE PAZ SIN JARAMAGO (APROXIMADAMENTE)

Aconseja un irreprochable axioma periodístico que la realidad no debe estropearnos un buen titular. En este caso casi lo consigue. En sentido estricto, el primer número de la revista Jaramago salió a principios del verano del año 1977, es decir, hace ahora 24 años. El que buena parte de sus miembros pretendiesen celebrar antes de tiempo el cuarto de siglo como Colectivo no es, aunque lo parezca, un reflejo senil de aquella perdida capacidad de epatar a todo el mundo que algunos aún pretender poseer, sino simple falta de memoria. Consultados cuatro de aquellos supervivientes (cuarentones ya, hoy profesores de colegios religiosos, militares o periodistas de éxito), tres equivocamos 1976 como el año de las primeras reuniones del grupo, y el cuarto se confundió sumando. Eso sí, no se llega, como el tal Joschka Fischer, a olvidar quién pasó por el piso de la comuna, porque no la hubo, y esa cierta falta de cariño, que tanto bien le habría hecho a nuestras vidas, sirvió en cambio para despertar en algunos una aliviadora tendencia literaria, es decir, ir contra todos. A otros, lo que les dolía era España. El Colectivo Jaramago nació así, como una casa de acogida. Juan José Téllez tomó el nombre de esa flor que crece entre los escombros. La historia del grupo la cuenta espléndidamente, como si se tratase de una novela (que lo es), Rafael Marín en su libro inédito El anillo en el agua. Leí que, en Hollywood, para venderle al productor el proyecto de una película, su autor debe convencerlo contándosela en una frase. Paro un momento. Una vez que todos nos hemos desahogado ya, despotricando contra la banalización del arte, contra su comercio, contra la América del Norte entera y contra mí mismo por ponerla de ejemplo para algo, imagínense al pobre Marín vendiendo (con perdón) su producto: "Trata de un grupo de adolescentes tardíos que creen que sólo están sacando una revista cuando, en realidad, lo que hacen es perder la inocencia". Y el productor, naturalmente, contesta: "No me interesa".

El título proviene del poema de Blas de Otero: "Si he perdido la vida, el tiempo, todo/ lo que tiré, como un anillo, al agua,/si he perdido la voz en la maleza,/me queda la palabra". Figuraba en el núm. 3 de la revista, completando otros editoriales de otros números donde el Colectivo presentaba sus deseos de comunicación, de no imponerle ideas a nadie, su independencia o su libertad de expresión, como declaración de intenciones en aquellos tiempos en que aún se hacían pintadas con la palabra Democracia, no hace de eso ni veinticinco años. Ya lo dice también una canción infantil: "Al pasar por el puente de Santa Clara/ se me cayó el anillo dentro del agua". Uno se hace mayor de pronto. O eso cree todo el mundo.

Una generación literaria trasciende por la importancia individual de sus autores, supongo. Pero los verdaderos iconos de Jaramago no escribían o lo hacían lateralmente (Juan Mateos, Leo Hernández, Ana Sánchez). Algunos de los buenos escritores gaditanos (el propio Rafael Marín, Téllez, Anasagasti o José Ángel González), dibujantes (Carlos Forné, Vicente Sosa) o de otros campos públicos (Fernando Santiago, Guillermo Montes Cala), surgen de Jaramago pero eso no explica que un cuarto de siglo después se siga hablando de un Colectivo y una revista que, hay que reconocerlo, publicó textos, en general, muy, muy malos, ni la aún más inexplicable legión de personas sin actividad artística conocida, ni noticias, que aseguran haber pertenecido, en algún momento de gloria, al dichoso Colectivo. Las razones de este, digámoslo así, exagerado prestigio, exceden de sus propios valores porque, en contra de lo que muchos hemos defendido, sí formábamos una generación, en la que algunos tiraban del carro, otros dilataban y los más tenían un alto concepto de sí mismos como mirones de un tiempo que se movía de vértigo. Pero, si todos éramos tan felices en un club tan generoso en la admisión de socios, ¿por qué se fue al garete en tan sólo cinco números, un Suplemento y un Complemento de vida?.

Ya se ha dicho que el Colectivo admitió a (casi) todo el mundo que quería decir algo lo que, aparte de dar una primera oportunidad de publicar a gente que no lo conseguiría en otro sitio, significaba convivir con el tremendo batiburrillo ideológico en el que se movía entonces el personal digamos progresista. Esa diversidad, seña del Colectivo, producía situaciones extrañas como cuando, en el núm. 2, apareció un cuento antiaborto colocado, por problemas con el cliché, en primera página, en el sitio de las editoriales, lo que fue, como comprenderán, muy criticado. Con el tiempo, gente que había estado cerca de Jaramago decidió publicar sus propias revistas, ideológica o estéticamente más homogéneas y aburridas (Libre Expresión, Quillo). Y otros que nunca habían tenido que ver con el grupo también quisieron atreverse con su propio proyecto, incluyendo grupos esotéricos y niños pijos. Así, hasta siete revistas, agrupadas bajo el nombre, sin duda optimista, de Precama (Prensa Caditana Marginal). Había dónde elegir. Pero el público dispuesto a gastarse 50 pesetas por número (es decir, dos cervezas con tapa) era el mismo para todos. Y ese empezaba a abandonarnos. Quizás porque ya se había decantado en gustos propios, haciéndose más exigente. Había otro asunto. Por definición casi, un proyecto radicalmente colectivo debe superponerse sobre las individualidades, cubrirlas. Así lo entendió una de aquellas revistas (Libre Expresión) que tachaba los nombres de sus colaboradores para destacar la marca común. En cambio, Jaramago nació con artistas dentro que intentaban una creación única, es decir una obra propia. Y éstos necesitan no sólo "comunicar" esa obra sino mejores vehículos de expresión (la revista pasó de la multicopia inicial a la imprenta del último número, a pesar de la ruina económica), mayores tiradas y mayor proyección pública. Más lectores, en suma. No solo los propios y fieles, sino los ajenos. Perder la inocencia del que escribe como placer solitario para abordar una actividad más profesional. De ahí que abriera sus puertas también a autores consagrados, incluso desde el purísimo primer número, con Fernando Quiñones.

Como no podía ser menos, el último acto del grupo fue su presentación, donde sus miembros, acertadamente, se incluían entre "otros trasgos en general", es decir, espíritus enredadores. El acto, con el personal disfrazado, fue fatuo y ripioso, escandalizando al mismísimo Carlos Edmundo de Ory, allí presente. Tras tan freudiana muerte al padre, el Colectivo podía morirse con dignidad.


Manuel J. Ruiz Torres
Publicado en La Ronda del Libro, mayo 2001

FERNANDO ORTIZ SOBRE SOBRE EL CENTENARIO DE CERNUDA

HOMENAJES A POETAS

Los homenajes a los poetas muertos son temibles. Una plaga. Al muerto, claro está, no le reportan ningún beneficio. A los vivos, si el homenaje está bien pensado, puede que sí. El mejor homenaje a un poeta consiste en leerlo. En esto parece que estamos todos de acuerdo. Pero los políticos, que son quienes manejan los dineros públicos, quieren salir en la foto precisamente para seguir manejando los dineros públicos –cosa que hoy se consigue gracias a la publicidad,que da muchos votos- y se dedican a hacer megalomanías faraónicas que poco tienen que ver con la lectura, pero que sin duda les va a valer a ellos la foto.

Esto es una torpeza más de la clase política, porque pueden hacerse las cosas bien y, además, salir en la foto. No hay necesariamente que hacerlas mal para ser popular. En un año de homenajes a Cernuda y Alberti, la clase política puede impulsar ediciones bien hechas de estos poetas y simposios y exposiciones interesantes sobre los mismos. No cabe duda que, al colaborar económicamente en los mismos, alcaldes, diputados y ministros saldrán en la foto con un pie que diga: el alcalde de Sevilla y el de Cádiz, por ejemplo, en la exposición patrocinada por los mismos. Pero no. Los políticos quieren más. Algo faraónico que los perpetúe. Alguna megalomanía que deje memoria de su paso por el mundo. Así, la Consejera de Cultura habló de organizar en el Puerto de Santa María "una exposición fetichista sobre Alberti". El fetichismo es una perversión, según el diccionario de la Academia, y no me parece bien a mí que se paguen perversiones con el dinero público. Nada tengo contra las perversiones en el amor ni en la literatura. Pero, por favor, que cada uno las pague de su bolsillo.

En Sevilla, a estas alturas, llevan desde el 92 debatiendo una brillante idea que tuvo Jesús Aguirre cuando fue comisario de la Ciudad de Sevilla en la Exposición Universal. Esa idea era una estatua de Cernuda asomado a un balcón, mirando a otra estatua, ésta de un efebo, situada en el centro de la plaza a la que el balcón miraba. Conociendo por sus cartas lo recatado y pudoroso que Cernuda era con su intimidad –a Bernabé Fernández Canivell le prohibió publicar Poemas para un cuerpo con unos dibujitos en línea de jóvenes efebos, por parecerle "mariconerías de la peor especie", y estoy citando literalmente sus palabras- no creo que al poeta sevillano le hiciera mucha gracia el citado homenaje. Últimamente se ha hablado también de una estatua delpoeta en la plaza del Pan, donde están las tiendecitas de artesanos de las que habla en Ocnos. Qué manía con las estatuas. Las estatuas ocupando plazas públicas revelan un concepto decimonónico del urbanismo. Aprendamos de una ciudad vieja y refinada como Venecia. Una simple lápida de mármol blanco y en ella grabados en patricios caracteres romanos: aquí compuso Mozart, aquí pintó Ticiano, de esta iglesia fue beneficiado Vivaldi, aquí escribió Stendhal, Mann, Shelley, Pound, Henry James... Pero no. Aquí tenemos que hacer cosas más sonadas. Y los poetas han de servir de elefantes blancos a los políticos para que resalten más en la foto.

Y como esto es inevitable, y el mundo se divide en dos partes según Villalón que son, a saber, Sevilla y Cádiz, propongo yo los siguientes homenajes a Cernuda y Alberti, que sin duda darán larga fama a sus promotores. En Cádiz, voladura controlada con nitroglicerina de la Catedral, en homenaje al periodo surrealista de Alberti y a su dilatada militancia comunista. En Sevilla, sustituir la estatua de San Fernando a caballo en la plaza Nueva por un brillante obelisco, a cuyo pie rezaría esta leyenda: "Pene siempre erecto de efebo en perenne homenaje a Luis Cernuda". Con estas cosillas y algunas modernidades más haciendo juego, nuestros políticos tienen la foto asegurada. ¡Ah! Espero que, cuando se pongan estos inventos en marcha, se acuerden de mí y me paguen los derechos de la propiedad intelectual de la idea. A mandar. Y de nada. Que para eso estamos.


Fernando Ortiz
Publicado en La Ronda del Libro, mayo 2002

FERNANDO IWASAKI SOBRE JULIO RAMÓN RIBEYRO

EL MUDO TIENE LA PALABRA

JULIO RAMÓN RIBEYRO fue el primer escritor peruano que leí con devoción adolescente, mucho antes de ingresar a la universidad en 1978. ¿Cómo olvidar aquella mañana de marzo en que compré los tres tomos de La palabra del mudo en la librería «La Familia» de Miraflores? ¿Durante cuántos días me consagré a leer sus cuentos fascinado? Algo así tan sólo me había ocurrido con Borges, Homero, Poe, Cortázar, Lovecraft, Robert Graves y Conan Doyle, y por eso Julio Ramón Ribeyro forma parte de mi historia sentimental.

Para aquel escolar limeño que uno era, Ribeyro parecía un personaje literario, un mago prodigioso y un trashumante cosmopolita, pues no sólo disfrutaba con sus relatos sino con la vida apasionante que le suponía por París, Berlín, Madrid, Amberes, Munich y cuantas ciudades europeas figuraban al pie de sus narraciones. ¿Cómo hubiera podido imaginar las penurias y fatigas que jalonaban sus diarios? Uno de sus desgarradores apuntes -fechado en París el 7 de noviembre de 1956- dice así: "Yo no puedo pagar con una frase ni el precio de un pan. Mi pequeña obra carece de curso forzoso. Produzco para mi propio consumo. Soy autárquico desde el punto de vista literario y este grave defecto, este anacronismo, merece un castigo ejemplar".
Ribeyro jamás fue un autor de superventas ni un escritor acostumbrado a homenajes y cursillos internacionales, esas misas académicas de cuerpo presente. Su gloria fue discreta, su prestigio era humilde y su riqueza fuimos sus lectores. A fines de los ochenta la empresa Petróleos del Perú llevó a Ribeyro a Lima para que impartiera una conferencia magistral, y la emoción le arrasó en cuanto vio el auditorio abarrotado y a la multitud que se había quedado fuera, pero que le esperaba impaciente con sus libros en ristre. Nunca olvidaré cómo dejó a un lado los folios que traía preparados, para leernos risueño y conmovido sus inéditos Dichos de Lúder. Me asedia especialmente uno, que lo retrataba tal como era, desgalichado y melancólico: "Hasta en mi manera de caminar arrastro los escombros de mi educacion literaria".

Como Vallejo, César Moro o Carlos Oquendo de Amat, Julio Ramón Ribeyro ha encarnado la figura triste de otros tantos escritores peruanos transterrados. Así, a través de La palabra del mudo deseaba que se expresaran los olvidados; sus Prosas apátridas son el triunfo desesperado de haberlo perdido todo, y sus Diarios vienen a ser la más íntima y personal elegía del adocenamiento que uno haya leído jamás. La vida de Julio Ramón Ribeyro podría poblar una de las patéticas historias de Pobre gente de París, un libro bellísimo de otro desleído escritor peruano: Sebastián Salazar Bondy.

Durante los últimos diez años la obra de Julio Ramón Ribeyro ha tenido varias reediciones en España. A saber, la novela Cambio de guardia (Tusquets, 1994); sus Cuentos Completos (Alfaguara, 1994); el relato Silvio en el Rosedal (Plaza & Janés, 1998); las antologías de cuentos preparadas por Ángel Esteban (Espasa, 1998) y Mª Teresa Pérez (Cátedra, 1999); y sus diarios, editados en Barcelona bajo el título La tentación del fracaso (Seix-Barral, 2002). Por lo tanto, Ribeyro no es un autor desconocido para el lector español, aunque nunca ha gozado del mismo reconocimiento que han tenido otros autores peruanos como Vargas Llosa o Bryce Echenique.
Hojeo mis volúmenes de La palabra del mudo y me digo que es un milagro que todavía los tenga conmigo, pues cada vez que me enamoraba en vano, los prestaba con la esperanza de que ellas se colaran por mí. Craso error: una lectora de Ribeyro nunca se fijaría en un personaje de Ribeyro. Repaso los cuentos que recomendaba suspirante y descubro por qué nunca me echaron cuenta: declararse con La palabra del mudo era una empresa condenada al fracaso.
Sin embargo, mi deuda con Julio Ramón Ribeyro es impagable, pues nunca habría descubierto mi vocación literaria de no haber leído «Los gallinazos sin plumas», «El marqués y los gavilanes» o «Tristes querellas en la vieja quinta»; jamás habría emprendido mi propio exilio de no ser porque su lectura me enseñó que nuestro destino es el olvido; y siempre que me colma la mujer que amo, recuerdo agradecido el número 35 de Prosas apátridas.

Ribeyro, me hubiera gustado que supiera que una de sus lectoras, finalmente se enamoró de un personaje suyo.


Fernando Iwasaki
San José de la Rinconada, invierno de 2003
(Publicado en La Ronda del Libro, mayo 2003)

sábado, diciembre 24, 2005

UN CUENTO DE HIPÓLITO G. NAVARRO

PONER PRECIO A LA NADA

El escritor de diarios acaba de pasarse con todas las armas y todas las consecuencias al enemigo. Aguantó firme durante años, quizá demasiados, pero al fin no ha tenido más remedio que claudicar. En el reducido espacio de su estudio conviven ahora la más rabiosa tecnología digital y el más lamentable estado que le pueda caber a la artesanía de la madera. Se trata del enésimo comienzo de un duelo contemporáneo bastante simple y conocido, en el que el escritor de diarios, por más que lo quiera, apenas podrá mediar.

(Prender esas velas sobre el mueble no deja de ser una idea bastante pintoresca. Casi tanto como conservar la boina.)

Los duelistas se vigilan ya: no tiene el dietarista que fijarse mucho para comprobar cómo la nueva computadora y el viejo bargueño-escritorio se observan mutuamente, estudiándose en aparente silencio.

Han sido cuatro horas de vasta configuración, después de haber dado de baja con todos los honores a una preciosa colección de plumas. Ya despedido el técnico instalador, el dietarista pone en marcha al enemigo, un clónico puro y duro muy ostentoso de las tecnologías de la autoedición y el internet. Pero no deja de sentir el escritor de diarios alguna tristeza cuando abandona el selecto club de los estilográficos, cuando se lanza de bruces en las líneas enemigas. Incluso se le hacen extraños sus propios dedos enredados en ese chaparrón de teclas más o menos grises. Alt, control, efesiete, escape, intro.

Los discos que hicieron falta para darle vida al aparato quedan distribuidos descuidadamente por algunos cajoncillos del bargueño. Así, los megas de información y los nudos de la madera conversan en la noche, mientras las plumas, que hacen como que duermen, son testigos mudos de esa conversación.

De soslayo mira el escritor de diarios al mueble tantos años compañero, intentando vislumbrar en él algún atisbo de celos. Hace demasiado tiempo que el bargueño viene mostrando a las claras sus pocas ganas de vivir, así que no estaría mal un pequeño revulsivo. Ya se sabe: los muebles viejos aceleran su tendencia suicida a darse como alimento de la carcoma, a regalarle el paladar a las termitas.

En el silencio nocturno, junto al bargueño (y el dietarista sabe escuchar), se oye la charla de los bichos con la celulosa, una inmisericorde y continua roedura que a la vez que socava las entrañas del mueble construye un triste túnel en el corazón del escritor de dietarios cada noche. Por él atraviesa el tiempo y puede fácilmente llegar hasta aquél en el que todavía era un niño, cuando el abuelo le enseñaba las combinaciones que abrían aquellos cajoncillos atiborrados de insólitos secretos, sus nostálgicos y melancólicos cachivaches ya también arruinados.

Lástima que ahora el mueble, en su decrépita vejez, no pueda disimular más su pasión por la carcoma, que reducidas ya las entrañas cientos de agujeros comiencen a adornar torpemente su fachada. Se está quedando en los huesos.

Sale súbitamente el escritor de diarios de todos los programas, desconecta el aparato. Acaba de tomar una difícil decisión.


* * *

Tres semanas hace que lo descubrió por casualidad. Han sido tres semanas de indecisas vueltas a la manzana cada tarde. Hoy es distinto.

El escritor de dietarios, después de un leve titubeo, entra en la tienda de antigüedades y pregunta por el bargueño que tienen expuesto en el escaparate, casi idéntico al que heredó del abuelo pero muy lustroso de barnices, con todos sus tiradores y bisagras, recién restaurado.
Enseguida se encarga el anticuario de sacarlo del error: el mueble es nuevo, fabricado hace tan sólo un mes; eso sí, envejecido con técnicas que dan el pego a menos que uno sea un experto. Como todo lo contemporáneo, explica, y sonríe. También advierte al dietarista que el ejemplar expuesto está vendido, pero que en dos semanas podría facilitarle otro igual, o con variaciones a la carta, a su gusto.

Piensa el dietarista que se refiere el anticuario, y así se lo hace saber, a la disposición de los cajones, a los relieves del frontal, a la sustitución de éstas o aquellas cerraduras, pero no. Las variaciones son en exclusiva de color, de apariencia de edad, del número de agujeros de carcoma que el escritor de diarios quiera simular, a cinco euros cada uno (tres con veinte en los laterales).
Los agujeros simulados sacan al dietarista de la red que comenzaba a tenderle el anticuario. "Lo pensaré, lo pensaré muy seriamente", se excusa de forma atropellada, y sale de la tienda lleno de espanto.


* * *

De regreso en casa se encierra en el estudio. Mira al bargueño, luego al ordenador. El escritor de dietarios lo ignora, pero el aparato, que ya tiene un día, ha comenzado de manera irreversible a envejecer, a quedarse viejo. Le da igual de todas formas, pues presiente que la computadora va a quedarse hueca, llena de agujeros, vacía por completo de su inspiración.

Saca entonces de sus recónditos cajones la colección de plumas; les pone nuevas cargas, las calienta dibujando algunos garabatos.

Cuando llega la noche el escritor de diarios enciende unas velas, se calza la boina y se sienta junto al mueble a escuchar a la carcoma, emocionado.


HIPÓLITO G. NAVARRO.
La Ronda del Libro, 2004

jueves, diciembre 22, 2005

Mª ÁNGELES ROBLES SOBRE MARCO DENEVI

EL MIRÓN PIADOSO

La publicación en 1999 del volumen Falsificaciones y otros relatos, en la colección Calembé de la Fundación Municipal de Cultura de Cádiz, brindó a muchos lectores la oportunidad única de conocer la obra del argentino Marco Denevi (Buenos Aires 1922-1998). Desde entonces, muchos habrán sido los lectores que han buscado y encontrado otros textos de este autor que han ido afianzando y enriqueciendo lo que fue para ellos un verdadero amor a primera vista.
Denevi sorprendió al mundo literario de su país, Argentina, con la publicación de su primera novela, Rosaura a las diez, que obtuvo en 1955, cuando Denevi contaba 33 años, el premio Kraft, y con la que comenzó una brillante carrera literaria. Hasta entonces había sido un abogado que desempeñaba su trabajo en el área legal de la Caja Nacional de Ahorro Postal, y un amante de la música y la literatura. Pocos años después, en 1960, ganó el premio Life para escritores latinoamericanos con su cuento –casi novela corta- "Ceremonia secreta", que fue llevada al cine en 1968 por Joseph Losey en una película protagonizada por Elizabeth Taylor, Robert Mitchum y Mia Farrow. Con estos dos textos Denevi alcanzó reconocimiento y prestigio, aunque tuvo una prolífica obra jalonada de títulos como Falsificaciones (1966), Un pequeño café (1967), Manuel de historia (1985), Enciclopedia secreta de una familia argentina (1986) o El amor es un pájaro rebelde (1993). Probó como autor teatral y ganó el premio Nacional de Teatro con su obra Los expedientes (1957), aunque, según confesó él mismo, algunas de las mayores felicidades de su oficio de escritor se las propoporcionaron los mordaces, apasionados y comprometidos artículos que publicaba en el periódico La Nación.


En su novela más conocida, Rosaura a las diez, el autor argentino se vale de una inquietante trama policiaca para mostranos el retrato moral de una galería de personajes que no son lo que parecen a simple vista. Para Denevi, la realidad era "como un hojaldre", infinitas capas superpuestas que no configuran una única verdad. Esto es exactamente lo que ocurre con Rosaura a las diez. Desde el primer momento el lector se ve inmerso en una historia en la que, como ocurre en la vida, no hay una única verdad. Cada personaje tiene la suya y la cuenta a su manera. Todas las versiones son posibles y al final el lector no tiene más remedio que optar por una de ellas, decidirse a participar en un enredo en el que nadie sale ileso, en el que no hay buenos ni malos, sino sólo personas con circunstancias muy particulares, con miedos y deseos que no siempre toman forma concreta. Denevi nos obliga a tomar partido y el lector lo hace gustoso porque se siente partícipe de algo contruido contando con él.

Esta novela presenta algunas de las características fundamentales de la obra de Denevi. En primer lugar, su capacidad de entender los vericuetos de –y perdonen la palabra- el alma humana, y ello sin diseccionar a sus personajes ni tampoco juzgarlos, sino simplemente comprendiéndolos y haciendo que el lector se sienta también comprendido con ellos. También, su gusto por las pensiones. Este hecho que, a simple vista, puede parecer trivial, no lo es a la luz de los muchos textos de Denevi en los que este espacio o escenario, lo mismo da, es el lugar de encuentro por antonomasia, el lugar de la vida, el amor y la muerte. Hay otros escenarios, por supuesto (peluquerías, coches, tugurios, etc), pero todos guardan con este espacio primordial el parecido que les confiere el calor que desprenden los cuerpos que conviven bajo una misma luz, y por todos ellos parece colarse ese familiar y persistente olor a comida que se escapa de la cocina de la patrona.

Por último, la ironía: una ironía que el autor usa en la novela como, según confesaba, la usaba en la vida, "para disimular que soy un sentimental, un blando de corazón, alguien a quien resulta fácil conmover".

Otro ejemplo del inagotable interés de Denevi por la condición humana es su magnífico relato "Ceremonia secreta", donde volvemos a encontrar todos los ingredientes de la literatura de este autor: ironía, sentido del humor y, sobre todo, una enorme capacidad para poner al lector en el lugar de todos los personajes. En este relato –publicado en España dentro del volumen Ceremonias secretas (Alianza Editorial, 1996)-, como en otros de Denevi, el azar juega un papel fundamental para hacer cambiar la solitaria vida de la vieja señorita Leonides Arrufat, que se ve envuelta en una extraña historia de oscuras venganzas cuando una desvalida joven la confunde con su madre muerta. Lo que en principio parece un golpe de fortuna para la solterona Arrufat se va desvelando como una sórdida historia de traiciones en la que Leonides se acaba viendo irremisiblemente implicada.

Y es que en los relatos de Denevi siempre hay alguien que se cuela en la vida de alguien para cambiarla. La fortuna o su ausencia siempre dependen de los otros y la acción está marcada por la conversación, por lo que a través de ella vamos descubriendo. En Falsificaciones y otros relatos hay un texto que ilustra bien lo primordial de la literatura de Denevi: "Pobre Carolina". Siempre he pensado que este cuento es una de las más hermosas historias de amor que se han escrito nunca, aunque no sólo es eso. En él se encuentra la esencia de Rosaura a las diez; es otra versión, esta vez amable y con menos dobleces, de la misma historia. Que, por fin, acaba bien.
Pero no es éste el único tesoro enterrado en este volumen. En "El Honor de Lucrecia" el autor nos explicita su poética, "un pasajero desahogo del rencor, que el tiempo consolaría"; también, su punto de vista sobre cómo ha de tratarse a los personajes de una obra, además de la que para él es la única manera de rematar un texto: hacerlo con el corazon abierto a la verdad, que no tiene por qué coincidir con lo que entendemos por realidad.

En "Salvación de Yayá" nos sorprende su capacidad para entender el proceso mental por el que una joven manicura pasa de odiar a los hombres a entenderlos y hasta a compadecerlos y en "He aquí a la sierva de los señores" nos sorprende con una historia en la que nos ilustra sobre lo mal que puede acabar la buena voluntad.

No obstante, para comprender, y disfrutar, la obra narrativa de Denevi conviene no pasar por alto algunos de los textos recopilados en Ceremonias secretas: "Charlie", "Viaje a Puerto Aventura", "Redención de la Mujer Caníbal" o "Eine kleine Nachtmusik". En ellos, como en toda su literatura, Denevi acerca al lector a un mundo sórdido, pero en todos ellos brilla la luz de la esperanza, aunque esa luz no sea más que el reflejo de la luna en un charco. Denevi siempre da a sus personajes la oportunidad de mirar hacia dentro, aunque la mayoría de las veces lo único que ven es su imagen reflejada en un espejo roto. En relatos como "Redención de la mujer caníbal" o "Viaje a Puerto Aventura" siempre hay lugar para la ilusión de hacer realidad los sueños, aunque ésta dure lo que dura una noche de imsomnio. La única redención posible para estos personajes es la resignación a un único destino: el de cada uno de ellos. Y es ésta una resignación activa, que acaba por reconforta al lector.

La literatura de Denevi está hecha con trozos de vida porque para él la literatura es eso; contar lo que se ve desde una ventana, lo que ocurre tras una puerta, dentro de un taxi o a la mesa de una pensión en la que todos los huéspedes guardan un secreto, esconden un amor o intentan olvidar que una vez fueron, o tal vez sólo quisieron ser, otras personas.


Mª ÁNGELES ROBLES MORALES
(Publicado en La Ronda del Libro, mayo 2003)